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12 de septiembre de 2012

LIBROS COLECTIVOS Y REVISTAS








Besos a todas y enhorabuena por escribir sin pelos en la lengua 




Son mujeres fuertes, bellas, inteligentes, con edades atemporales-siempre-jóvenes. Y están indignadas. Por eso lo susurran o lo gritan. Por eso lo escriben. Sus versos van a remover el sosiego de las hojas otoñales.

ROSARIO RARO



CRISTÓBAL
¿Dónde está el pan? Y el pan le mira a cinco centímetros de los ojos desde el estante de la alacena que tiene enfrente. ¿Sabes dónde he dejado el mapa? Y lo tiene debajo de la mano que apoya sobre la mesa. Incluso a veces es incapaz de ver la esfera armilar a pesar de que ocupa el centro de la biblioteca.
Y con el calzado igual. Lo busca a ambos lados del catre como si sus zapatos salieran a pasear todas las noches.
Cada cosa que me pide, se la acerco. Nunca la tiene a más de medio metro.
Hasta una amiga lo ha bautizado como “¿Dónde está? porque son las dos palabras que más repite. Cuando viene a mi casa en vez de preguntarme dónde está Cristóbal me dice sonriendo ladina: ¿Dónde está, dónde está? Ese es su nombre entre nosotras. Delante de él lo decimos en latín, le llamamos Ubi est, para que no sospeche. Él no sabe a qué nos referimos cuando decimos: ¿Ubi est, ubi est?
Por eso, cuando durante uno de sus viajes, el mensajero me trajo la noticia de que había encontrado Las Indias me extrañó muchísimo. Encontrar él... hubiera sido la primera vez en su vida.
Las Indias estarán donde estén y la tierra que tendrá ante los ojos será otra con la que se habrá dado de frente. Para disimular dice en la carta que son Las Indias Occidentales. A saber. Si lo conoceré yo. 

UN MURO DE SILENCIO
 Accedió a Facebook, Twitter, el e-mail y el blog, su habitual ronda matutina de visitas, como si nada hubiera sucedido. Pero todo estaba en blanco, aunque los contenidos que la pantalla le negaba los encontró impresos en unos folios con mensajes excesivamente melosos y sentimentaloides. Toda su gente lo echaba mucho de menos y a la vez. Necesitaba encontrar una wifi a través de la que manifestarse desde la nube aunque tuviera que reencarnarse en emoticón o mejor incluso, en virus, para atravesar aquel muro de silencio que decían era en lo que consistía la muerte.   

PIRAÑA
Sobre la mesa transparente del centro del salón hay un vórtice que con su lengua de iguana se ha tragado ya varios álbumes de fotos, pilas de periódicos y revistas, la televisión, una biblioteca de varios miles de volúmenes, tres aparatos de música, todas mis películas, discos e incluso las páginas amarillas. En el centro de este espacio despejado, minimalista reina el dispositivo que ha metamorfoseado en aplicaciones todos estos objetos. De tan vacía, la casa se me quedó grande así que adquirí unsoftware menguante y me mudé al vientre de la piraña. Desde ahí os escribo.




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Autora de los retratos: Irene Furió




Los monstruos gigantes

Este texto que hoy subo a mi web, me ha sido enviado por su autora, Rosario Raro. Es para mi una gran satisfación reproducirlo por lo que significa que todavía hay personas que se acuerdan de aquel inolvidable programa y de mi entrañable amigo Alain Petit, con él compartí riesgos y alegrías. Alain me llama de ven en cuando; sigue vivo y además haciendo las mismas cosas por todo el mundo.

Gracias Rosario

Afectuosamente

Paco Costas


Rosario Raro (Segorbe, 1971) estudió Filología en la Universidad de Valencia y cursos de doctorado en Comunicación Audiovisual en la Universitat Jaume I (UJI) de Castellón. También estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la PUCP de Lima, ciudad donde vivió durante casi una década. Entre otros, ha ganado los premios literarios Ciudad de Huelva, el Cruzando Culturas de Mérida, el Premio Max Aub y el Magda Portal del Ministerio de la Mujer de Perú, así como el Premio Conacine del Ministerio de Cultura de Perú por el guión del cortometraje La cuerda floja.
Desde 2004, dirige un Taller de Escritura en la Universitat Jaume I de Castellón, actividad que simultanea con su trabajo en proyectos de expansión de las nuevas tecnologías dentro del programa Connectem y On Xarxa y la investigación de su tesis doctoral sobre la blogosfera.

LOS MONSTRUOS GIGANTES
En la primera escena que recuerdo de El exterminador de la carretera aparece un grupo de hombres atrincherados junto a un pozo cuyo fondo cenagoso constituye la última reserva hídrica del planeta Tierra. Fred, el más valiente de todos, desciende en medio de la oscuridad asido a una cuerda gruesa y extremadamente basta. Pasados unos minutos interminables y desazonadores, grita que el agua sigue manando y esa voz que retumba atronadora significa que aún hay esperanza para la raza humana.
Alan Petit es el verdadero nombre del héroe y participó en esta película a pesar de no ser actor sino piloto especialista en acrobacias automovilísticas.
Lo descubrí en el programa La segunda oportunidad; aquel que comenzaba con un Jaguar estrellándose contra una roca enorme y que presentaba Paco Costas. La experiencia más sublime que recuerdo de mi infancia era ver como en cuanto sonaba una música paradisíaca, la moviola volvía todo a su estado original y cuando el vehículo se aproximaba esta segunda vez esquivaba por la derecha aquella piedra del tamaño de un elefante.
La moraleja era que el conductor contaba con una segunda oportunidad siempre que extremara su prudencia y condujera con mirada larga. Era un planteamiento muy metafísico, pero yo sabía que el choque se había producido necesariamente para que fuera posible el rodaje del accidente desde todos los ángulos de visión. No estaba trucada y además había algo todavía más importante: al volante del Jaguar estaba Alan Petit en ambas ocasiones: cuando se producía el terrible encontronazo y cuando maniobraba hábilmente para salvar el obstáculo.
Había dos posibilidades: la moviola lo retornaba a la vida o sencillamente era inmortal. De lo que no cabía ninguna duda era de que yo había elegido al mejor héroe. Sin trampa ni cartón porque no se trataba de un personaje de cómic ni de dibujos animados sino que además era humano.
A pesar de que el programa comenzaba siempre con la misma cabecera y ya sabía lo que sucedería, la sensación liberadora no se gastaba, semana a semana, sino que siempre veía aquello como si se tratara de la   primera vez.
La sonrisa de Paco Costas, el presentador, parecía certificar que efectivamente siempre había una segunda oportunidad.
Entonces yo tendría unos diez años y vivía en Albacete. En invierno me desplazaba por las calles hasta el colegio envuelto en un abrigo, una bufanda, un gorro y un pasamontañas a juego con los guantes: un fardo de ropa andante del que sobresalía el bulto de la cartera colgada a la espalda con dos tirantes, según el uso de la época. Sólo me quedaba una ventanita robótica por donde asomar los ojos, pero el día clave fue suficiente para permitirme ver un cartel en el que alternaba el color rojo de unas llamas con el metalizado de los coches dibujados en él. En la parte superior con letras rodeadas de estrellas se leía: Gran Espectáculo Hollywood Motor Show, La batalla de los monstruos gigantes. Y en el centro un nombre para mí legendario: Alan Petit. No podía creerlo. Crucé la acera corriendo, llegué agitado al colegio, esperé desesperado la hora del recreo para poderlo contar a todos. Ahora creo que nada puede compararse con la sensación que siente un niño cuando sabe que va a tener a su héroe cerca.
Lentamente, porque el tiempo se dilató durante aquella semana hasta lo indecible, llegó el día de la exhibición. Fui el primero en llegar. Los mecánicos aún estaban poniendo a punto los motores, vi como algunos especialistas ensayaban trompos con sus vehículos y giraban a toda velocidad en las esquinas del patio de los salesianos.
Sabía de Alan Petit más que de ninguna otra persona en el mundo, yo hubiera podido escribir su mejor biografía a partir de las entrevistas que había leído y visto: fue boina verde, en la legión extranjera francesa comenzó sus primeros entrenamientos con vehículos de motor. 12.000 coches destrozados, 450 películas. Entre ellas las del agente 007, él era el verdadero James Bond, su doble en las escenas peligrosas, el otro sólo besaba a las chicas y se paseaba por los casinos.
La joya que nadie había logrado arrebatarle era su salto de 50 metros con un autobús que caía sobre un barco de pesca. Una hazaña inigualable.
Alan Petit se enfadaba cuando le llamaban kamikaze, respondía que a él le gustaba mucho vivir, que sus actuaciones eran artísticas y que no entrañaban ningún riesgo para un especialista. Disimulaba así que era inmortal.
Y por si todo esto fuera poco, yo sabía que si algún día el planeta se desertizaba, Alan Petit sólo tendría que buscar un manantial donde la vida siguiera brotando.
En la escena de la película en la que descendía al fondo del pozo, la cámara mostraba como sangraban sus manos por los cortes de aquella cuerda tan gruesa y tan basta. Las gotas de sangre se mezclaban con el agua volviéndola inagotable.
En el espectáculo de Albacete vi volar coches por los aires, salir a los conductores de entre las llamas, conducir marcha atrás a velocidades de vértigo, saltar rampas, desplazarse sólo con las ruedas traseras y demás piruetas que ponían la carne de gallina porque ocurrían ante nosotros, no en el fondo del televisor o de la pantalla de cine. Todo era real.
Cuando terminó, los aplausos duraron varios minutos, Alan Petit saludaba desde el centro del patio y algunas personas saltaron al recinto para saludar a los especialistas. Yo esperé hasta que lo dejaron un poco tranquilo y cuando lo vi avanzar hacia mí, comprobé la ligera cojera de su pierna derecha. Llevaba dentro ocho clavos, un alambre y un tubo de hierro, lo que le daba a sus pasos una cadencia de autómata.
Entonces pensé que si no era en ese momento no sería nunca, cogí un papel sucio del suelo, fui corriendo hacia él y le pedí que me firmara un autógrafo. Mientras le daba el bolígrafo vi que de su mano caían unas gotas de sangre que se fueron depositando sobre el papel que sostenía con la otra. Igual que en la escena del pozo de El exterminador de la carretera.
Me dibujó un coche junto a su firma, me acarició el pelo y sonrió. Mientras se alejaba supe el regalo que me había hecho. Sólo yo podía saber qué significaba aquello.
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Relatos:
  • La chica de la isla (Olivia Ardey)
  • Estilo acerado (Rosario Raro)

  • AGUJERO DE GUSANO - Rosario Raro
    ESPAÑA
    La torre Agbar seccionaba en dos la luna trasera rumbo a Sarrià. La afabilidad del taxista me reconfortó. Su discurso sobre lo que él llamaba la modernidad, para referirse a las nuevas construcciones de estética radical, lo hilvanaba con las peripecias vividas por su familia en una casa de Nou Barris, construida en la posguerra. Aquello era como vivir a la intemperie, decía. Su único sistema de calefacción eran unos platitos de alpaca en los que quemaban alcohol, repartidos por las habitaciones. Pero, eso sí, se podían recorrer los pasillos en bicicleta, añadió riendo. Citaba como referencia de su ubicación Torre Baró, un viejo chalé abandonado en el 36, y las vistas, lo mejor, engrandecidas día a día, el panorama de toda Barcelona: el cementerio de Montjuïc, las torres de la central térmica de Sant Adrià, El Poble Nou, la Villa Olímpica y el rascacielos donde me había recogido.
    Pronto se me disipó el frío portuario que me había calado en aquella isla de la avenida Diagonal. Mientras me hablaba vi el Bar Balmoral: sus azulejos azul cobalto, la barra de mármol, los sifones expuestos en las estanterías. Después, ante nosotros, aparecía como una garganta que exhalaba humo el túnel de Vallvidrera. El taxista hablaba de cuando estaba en obras, de la fábrica de hormigón a la que llegaban incesantemente camiones de cemento, arena y piedra, y que ahora estaba abandonada. En apenas catorce años el deterioro era irreversible, sus naves yacían envueltas en hiedra y herrumbre.
    Elogiaba los túneles, le maravillaban aquellos ingenios tubulares que escindían montañas. Cada vez entendía al taxista con más dificultad. Lo atribuí al ruido de los ventiladores. Delante de mí, ajustado con remaches al asiento de escay, un aviso sobre un cartel oxidado: “No smoking”. Fuera del túnel esperaba la misma niebla, una nube opaca dentro de la que sólo resaltaba un indicador bilingüe de color naranja: English Channel / La Manche. El anuncio de un canal de televisión de documentales, tal vez.
    Las chimeneas aguijoneaban el cielo acolchado. Entre la guata gris, sus franjas con letras estampadas formaban los nombres de marcas muy poderosas. Se imbricaban el humo y la niebla. Hollín y azufre. “Smog” dijo el taxista. En la radio sonaba In London de B.B. King. No reconocí las luces a la salida del túnel y me costaba concentrarme en la conversación: el taxista había cambiado el tono, su dicción era distinta. Me aturdí. Nada sé del resto del itinerario hasta que noté que frenaba. La ventanilla enmarcaba la base del enorme obelisco de vidrio y cemento, donde me había recogido. No entendí por qué estaba en el mismo lugar que al principio. A pesar de eso, decidí bajar, necesitaba desentumecerme. Chasqueó la lengua cuando vio los euros. Tal vez le recordarían sus titánicos esfuerzos para acondicionar la casa de su familia en Nou Barris. Dejándome llevar por mi suposición le felicité por aquel logro. Sonrió aunque no sé si llegó a entenderme.
    Miré hacia arriba, hacia la cúspide imponente donde terminaba la piel art nouveau, la elegancia gótica de aquel edificio. Nunca había visto su reverso, la luz recortaba otra perspectiva distinta.
    Traspasé las escamas tornasoladas pero tampoco reconocí el vestíbulo. De repente, comencé a girar sobre mis pies: un cúmulo de datos agolpados a una velocidad vertiginosa, palabras escuchadas alrededor y escritas sobre las paredes, unas destacaban sobre todas las demás: Swiss Re, una compañía de seguros, el edificio era la sede de sus oficinas centrales.
    Cogí con fuerza el maletín, el foso del último bastión que podía resguardarme de lo inexplicable y tracé aquellas líneas: la Diagonal, Sarrià, los túneles de Vallvidrera, el Canal de la Mancha y una evidencia escalofriante: estaba en Londres. La modernidad también construye bosques donde extraviarse.
    Una teoría decimonónica, la de los agujeros de gusano, reencarnada ahora en mí. En mi mente la misma silueta de dos edificios prácticamente idénticos, los dos extremos de un bucle. Clavados dentro del cráter de subterráneos infinitos comunicados a través de excavaciones que habían socavado la cáscara de manzana del globo terráqueo. Sentí vértigo. Me dejé caer en una de las lujosas butacas doradas de la selva de ficus que poblaba el hall. Me abaniqué con un folleto de la aseguradora. El descubrimiento de esta vía de comunicación era incomunicable aunque se tratara de un acontecimiento extraordinario, no estaba dispuesto a someterme a la incomprensión ajena e incluso al estupor ante mi locura.
    Pero cuento con una coartada, un atajo, el que ahora utilizo, que me permite hacer pública esta escalofriante experiencia y salir indemne: la literatura, el territorio de lo imposible posible.
    La Estatua de la Libertad también está duplicada. Verla en París produce una sensación de extravío, de descontextualización. En la lejanía mira de frente a su imagen aumentada en Nueva York. Tal vez sus túnicas oculten otras galerías y los taxistas lo sepan.


    Rosario Raro (Segorbe, 1971) estudió Filología en la Universidad de Valencia y cursos de doctorado en Comunicación Audiovisual en la Universitat Jaume I (UJI) de Castellón. También estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la PUCP de Lima, ciudad donde vivió durante casi una década. Entre otros, ha ganado los premios literarios Ciudad de Huelva, el Cruzando Culturas de Mérida, el Premio Max Aub y el Magda Portal del Ministerio de la Mujer de Perú, así como el Premio Conacine del Ministerio de Cultura de Perú por el guión del cortometraje La cuerda floja.
    Desde 2004, dirige un Taller de Escritura en la Universitat Jaume I de Castellón, actividad que realiza en forma simultánea con su trabajo en proyectos de expansión de las nuevas tecnologías dentro del programa Connectem y On Xarxa y la investigación de su tesis doctoral sobre la blogosfera.



¿Quién?

Autora: Rosario Raro López


Mi travesía griega siempre comienza en el aeropuerto Hellinikon. Para cruzar después, desde el norte de la península, a bordo de un  transbordador las aguas verde oliva. La perfección cromática vuelve irreal el paisaje.
Frente a la costa, el anuncio de la amistad recobrada me altera el alma. Corazón loco es mi traducción íntima de la isla de Corfú.
El verano pasado llegué al anochecer a la casa de mi amigo Solórzano. Los otros invitados se repartían entre la sala y la terraza plagada de hamacas de lino. La piscina extendida bajo las palmeras, inmóvil, a pesar del frenesí que ascendía hasta allí desde una discoteca vecina.
Desde el otro lado de los ventanales sobre el mar jónico tal vez parecíamos un grupo de excéntricos ociosos. Pero para nosotros, aquella cita de cada agosto constituía todo un rito. Nos otorgaba la felicidad de sabernos involucrados en la misma singladura.
Sin dejar mi equipaje, me sumergí en el reencuentro; saludé a Ciro. Me abrazó con la afabilidad de siempre impresa en su mirada de desierto árabe. Sus ojos tienen la misma viveza y el fulgor que el licor de dátil. Una belleza terrosa e inquietante. Me divierte su pose de comerciante de antigüedades erudito, aunque demasiado joven como para tomarlo en serio. Tiene una tienda en el barrio de Galatasaray en Estambul. Habla poco y siempre en una suerte de aforismos o acertijos que parecen convocar una sabiduría milenaria. Lo acompañaban, en esa ocasión, Ivana y Edurne. Me las presentó. La primera era de Illinois, rubia y esbelta. Sin un solo término castellano en su vocabulario, pero chispeante y buena bailarina de ritmos latinos.  De inmediato noté su conexión con Peter Camp, mi peculiar amigo perseguidor de olas. Había recorrido medio mundo con su tabla hawaiana bajo el brazo a la búsqueda de espejismos de espuma. El windsurfista atrapaba a la americana refiriéndole sus hazañas líquidas con un entusiasmo infantil, mientras ella se fijaba más en sus músculos que en sus palabras. Tenía físico de héroe pero yo siempre lo consideré un náufrago del mar sin límites, su única patria.
Tal vez Ivana sería capaz de vararlo aunque el resguardo solo durara un invierno. Camp decía que la mar es celosa y que si la compartía con otra mujer se vengaría de él arrastrándolo hasta sus abismos.
Edurne, la otra amiga de Ciro, era reservada y pensativa. Se dedicaba a publicar libros de filosofía judía y otras materias áridas en una editorial de Munich que heredó de su familia.  Tres personas muy dispares que recalaron juntos en Corfú porque se profesaban una amistad enorme.
Junto a mí estaba sentado Armando, al que siempre sentí muy cercano: sibarita, como corresponde a un hedonista militante,  devoto de cualquier arte, cincuentón y aquejado de una elegante enfermedad que a todos los que éramos incapaces de repetir su nombre nos parecía imaginaria.  Lo conocí en París hace más de veinte años, en la cafetería  L’Ermitage, y a la tercera copa supimos de la afinidad de nuestras almas.
Dirigía una revista de viajes y los relatos con que nos ofrendaba tenían el misterioso poder de recrearnos Katmandú, Samarkanda o cualquier otra ciudad con tal prolijidad de detalles, que sin bajarnos de sus palabras embelesadas, olíamos las especias, el perfume de jazmín y albahaca de las mujeres o sentíamos el relieve de los azulejos con que estampaban los patios.  Acababa de recorrer la ruta de la seda, y nos entregó algunos regalos como prendas de una civilización a la que él parecía dispuesto a salvar del ostracismo. Era metódico hasta rozar lo obsesivo: cada día contestaba el mismo número de llamadas, cartas y correos electrónicos: siete. Y no podía prescindir de sus manías porque la vida se le desbarataba. Sólo contemplaba una excepción al teléfono: con nosotros su disponibilidad era absoluta.
Solórzano es nuestro privilegiado anfitrión de cada verano. Nació en Uruguay y aunque posee una de las mansiones más impresionantes sobre los acantilados no es armador, ni tiene negocios petrolíferos, ni ningún otro del mismo color. Su fortuna le llegó con Meredith, su mujer y deidad cotidiana bajo cuya advocación pinta y escucha a Bach. Meredith siempre viste túnicas blancas bordadas con los colores de una mariposa luminosa. Es eterna en su risa y en su capacidad para fabricar bromas inteligentes.
Carmen y Lola, son salmantinas, pareja, y únicas integrantes de Frontera Cero,  su grupo plástico, con el que reconvierten affiches de cine, cómics, sellos y otros síntomas occidentales a un pop art un tanto trasnochado. Aunque su obra artística la relegan para las enciclopedias del futuro porque habitualmente decoran casas de millonarias snobs con la imaginación atrofiada. A ellas se les ocurrió la  idea fructífera y brillante de las reuniones en la isla.
Me resulta muy placentero describir a mis amigos, pero ahora sólo quiero referir lo que ocurrió aquella noche de la que ya han pasado más de trescientos cincuenta y cinco días.
Durante la fiesta bebimos krasí retsinató, una especie de vino con textura de jarabe de miel. La mesa nos esperaba repleta de berenjenas, quesos y carne picada condimentada con unas hierbas aromáticas que parecían convocar todos los bosques griegos.
La alegría se guardaba en los ojos que el país marino nos cambiaba de tono al ponerlos frente al mar. Cada uno refería descubrimientos, conquistas, azares, noticias y el trayecto hasta la casa  adonde nos conducían las vacaciones.
Desde el salón vimos, a través de la cristalera, el taxi que dejaba junto al acantilado a  Fiona, Alcibiades y Bruno. Ya no faltaba ninguno de los convocados. Mientras ellos subían la escalinata exterior a alguien se le ocurrió contarnos como para constatar que la presencia de todos era real. Y fue entonces cuando la noche tomó un giro inesperado porque sumábamos trece, la cifra fatídica.
Los presentes, aunque escépticos, comenzamos a añadirle al desasosiego nuevos datos: ante el espanto general Meredith dijo que si compartíamos la misma mesa uno de nosotros moriría antes de que pasara un año.
El silencio fue breve porque lo borró la música y el alcohol. Nos reímos y brindamos, pero la desazón quedó en el fondo de las copas, pasó a las gargantas y nos invadió un sentimiento extraño que ninguno se resignaba a aceptar. Somos de distintas nacionalidades pero tal vez la estancia en un país fundador de mitologías influía en volvernos más crédulos. Algo así dijo Edurne, la editora. No nos volvimos supersticiosos de golpe, es cierto, pero no  aceptar el poder funesto de la cábala no evitaba que flotara en aquel ambiente, segundos antes inmaculado, una presencia amenazadora, como de anticipación de la catástrofe, un leve aire de tormenta. A pesar de todo esto nadie dejó de sentarse, nadie confesó su miedo y nos agrupamos en torno a la comida como cada año.
De sobras está decir que a los que no formaban parte de la raigambre judeo – cristiana tuvimos que ilustrarles con el pasaje de la Santa Cena, que fue la última porque uno de los reunidos cayó en desgracia. Armando añadió que si después se resucitaba el problema no era tan grande, sólo se trataría de un abandono temporal.
Alrededor de la mesa siguió la conversación entre las velas y el cristal de las copas. Alguien citó los temores nocturnos de Julio César con los que compensaba su arrojo en las batallas galas. Y entre las creencias más sorprendentes recuerdo que Alcibiades entre carcajadas dijo que si una persona se bañaba en la playa la noche de viernes santo se convertía en  pez.
Fiona, neoyorquina y de formas perfectas, advirtió de los peligros de dormirse bajo una higuera y así cada uno fue añadiendo resabios de sucesos inexplicables. Cuando una mecedora se balancea sola es el diablo el que está sentado en ella y tal vez con un arma cargada.
Y el colmo: Edurne, con su clarividente formación intelectual, añadió que cuando uno escucha su nombre debe estar seguro antes de girarse de quien lo pronunció porque puede tratarse de la voz de la muerte que lo busca para llevárselo. Parecía que inevitablemente comenzábamos a sentirnos permeables al conjuro, aunque la única verdad tangible era la de las deliciosas berenjenas horneadas que impidieron que nadie renunciara a su asiento. Acompañamos los postres de almendra con ouzo, un anís entre azulado y opalino que acabó de despejar cualquier duda.
La digestión nos sumergió en cuestiones más terrenales. Bailé con aquellas espléndidas mujeres mientras Armando ojeaba un tratado de arte medieval en el fondo del salón y sonreía lujurioso ante los capiteles. Peter Camp oteaba el furor de las olas anticipando la estrategia de la mañana siguiente. Ciro conversaba con Solórzano sobre Turquía y Carmen y Lola disfrutaban entrelazadas de una cumbia tropical.
Cuando salí al corredor  encontré a Meredith llorando. Absurdamente se culpaba por ser la anfitriona de aquella antesala de la desgracia. Estaba desconsolada: me hablaba de enfermedades, accidentes, enumeraba todas las plagas de Egipto. Y la besé, tenía el temblor de las tragedias teatrales en los labios y el brillo que da el sino inexorable en las pupilas.
Pareció sentirse algo mejor después de mi aporte y regresamos junto a los demás. Bruno, con el torso desnudo y un pañuelo de seda en los hombros, ensayaba tácticas de aproximación a los volúmenes de Fiona. Alcibiades y Edurne se habían dormido. Y el resto deambulábamos entre el bar, las terrazas, los mullidos sillones tapizados de ramajes mediterráneos y las frases cada vez más breves, lejanas y diluidas.
Solórzano entró con una bandeja humeante y el aroma del café lo inundó todo. Detrás, el telón del horizonte, enmarcaba nuestra reunión con una claridad anaranjada. Relegamos el desenfreno cuando Armando ajustó en el CD el aria con que arranca el segundo acto del Werther de Massenet. Ciro estaba sentado junto a mí admirándose los zapatos. Peter Camp dejaba que Ivana lo peinara con sus dedos.  Solórzano seguía imbatible, celebrando con palmadas estruendosas el gesto de Alcibiades que antes de quedarse dormido dejó sobre la alfombra su grabadora para no perderse el resto de la velada.
Cuando amaneció algunos se lanzaron a la piscina. Yo preferí retirarme a mi cuarto acompañado con la esperanza de alguna visita intempestiva que no se produjo. Me alojé en una de las alcobas, desde la ventana podía admirar la memoria épica de Homero. Por las calles empedradas y acotadas por las buganvillas y el musgo paseaban aún los descendientes de los dioses.
La tarde siguiente el grupo se había dispersado: Fiona, Edurne e Ivana se soleaban sobre las hamacas de lino crudo. Meredith había salido a recorrer el mercado, Carmen y Lola seguían en su habitación, tal vez representando con sus cuerpos la frontera cero de su arte. Peter Camp era una figura lejana, un caballito de mar, sobre su tabla hawaiana. Alcibiades ya había partido de regreso a su oscura cátedra de la universidad de Atenas. Bruno y Ciro agitaban la piscina a brazadas, negándose competencias con desdén de triunfadores. En torno a una de las mesas de la terraza Armando y Solórzano bebían brandy francés y fumaban. Me uní a ellos y volvimos a ser los mismos de cada año.
El viaje de vuelta no encerró ningún misterio y ahora escribo lo que quedó de esa noche para entretenerme en este hotel de la Riviera al que me ha traído una reunión con mis homólogos, como dicen los periódicos, del Banco Mundial.
Apenas faltan diez días para volvernos  a encontrar en Corfú y me solazo con la idea de que todos seguimos vivos y que por lo tanto hemos burlado el supuesto destino infausto que nos aguardaba. Por recomendación de Meredith, tan angustiada, me erigí en corresponsal de mis amigos. Sin alarmarlos conseguí saber de todos ellos y su admirable vitalidad.
Ciro encontró el tapiz de sus sueños en el zoco semiderruído de una ciudad de nombre imposible. Sentí su calidez a través del teléfono, su camaradería inquebrantable y las bromas interminables sobre las mujeres. Peter Camp volaba sobre el mar de Tenerife,  rebozado de sal y de sol y me anunció que llegaría desde esta isla a la nuestra. Carmen y Lola seguían en su galería del casco antiguo de Salamanca. Las bienales de arte de un par de ciudades centroeuropeas habían incluido en su programa a Frontera Cero.
Alcibiades se había jubilado y ahora se dedicaba a transitar los parques para observar Nausicas de quince años.  Ivana trabajaba en Illinois como una estajanovista de las finanzas, frecuentaba a Fiona cada vez que sus asuntos laborales la llevaban a Nueva York. Edurne se había enamorado, pero no de mí. La descripción, a la manera de un retrato medieval, de su bien esquivo, ocupó toda una hora de mi tiempo y mis facturas telefónicas.  Bruno continuaba en el laboratorio Bayer de Bremen, seguramente pellizcando la bata blanca de sus compañeras. Armando disfrutaba en París del privilegio de su  existencia dedicada a admirar el arte ajeno y Solórzano y Meredith envueltos en mi envidia vivían los subyugantes atardeceres del mar jónico. Un auténtico premio celestial.
Aunque resulte insólito durante todo el año no he podido apartar de mi mente la absurda profecía. Armando era el único que notoriamente se había declarado enfermo, Alcibiades era el más anciano, aunque este tipo de factores sólo influyen en las estadísticas. Tampoco se trataba de medir las posibilidades.
Salí a la noche plateada de Niza, paseé por el Malecón de los Ingleses y me senté en una de las sillas metálicas dispuestas para la contemplación del espectáculo continuo del mar. Meredith, durante nuestro encuentro furtivo y breve, me dijo saber de otras situaciones anteriores, referidas por conocidos suyos, en las que el diagnóstico fue implacable. Quise que ya fuera agosto y vernos a todos reunidos bajo la araña de cristal de la sala, enmarcados por los cuadros centenarios de Solórzano.  Necesitaba borrar el tiempo que me separaba del encuentro. Aquella noche todos acabamos sugestionados por la idea de la catástrofe pero lo increíble es que ninguno de los trece renunció a la cena.
Yo fui el promotor de nuestra hermandad. Soltero, y con mucho tiempo libre me propuse que el vínculo entre nosotros no se disolviese por la distancia. Contábamos con la ventaja de nuestras economías solventes que nos permitían trazar líneas sobre el planeta a la velocidad de un avión. Mi gratitud hacia ellos siempre fue infinita, sin familia cercana, siempre los consideré mi auténtica riqueza. Ellos me habían respondido con una valentía fiera en las situaciones más crueles de mi existencia.
Hace diez años debido a un cambio en los patrones de contabilidad de mi empresa acabé en la cárcel acusado de desfalco. Las cifras no cuadraban y pensaron que el dinero que causaba la diferencia estaba en mi poder. Cuando salí a los siete meses libre de cargos ya no podía abandonar las aventuras de navieros y la escritura de relatos y cartas con que entretuve el tedio amarillo del penal.
El día de mi libertad estaban en la puerta esperándome: Armando, Solórzano, Meredith, Ciro, Alcibiades, Carmen, Lola, Bruno y Fiona. Mi única reacción fueron las lágrimas. No pude hablar durante días, sólo estrecharles y dejarme abrazar, reconfortado por ellos que contrataron y pagaron a los auditores y el resto del equipo de economistas y abogados que demostró mi inocencia.
A Armando le referí uno de los episodios más extraños que me sucedió durante mi encierro: todas las mañanas, escuchaba una canción francesa de Charles Trenet, que se anticipaba al sol. Era una voz de mujer: acaramelada, conscientemente morosa, un milagro que confirmaba la certidumbre de los sentimientos puros al otro lado de las alambradas y los muros interminables. Un día pude atisbarla brevemente, vestía de verde y recogía la ropa de su terraza. Este sólo indicio me convenció de que era ella a quien yo esperaba.  Tal vez tuve que acabar en la cárcel para encontrarla. El amor es así de absurdo. En otra de mis inspecciones a través de la ventana enrejada vi sus ojos oscuros bajo una pamela de paja. En la mano le brillaba una regadera de latón con la que otorgaba a sus plantas el engaño de la lluvia. Llegué a vislumbrar su sala, repleta de cuadros con palmeras y cerámicas africanas. Acoplé mi rutina a la suya, no bajaba al patio porque prefería el sol de su presencia. Mantuve un romance silencioso con ella durante siete meses y cada noche le escribía una carta para entregársela en el momento en que nos conociéramos.
Cuando recibí la noticia de mi salida pensé en tenerla junto a mí, en besarla mientras bailábamos y en agradecerle todo lo que sin saberlo había hecho por mí: el poder anestésico del amor. Pero cuando el coche de policía que me transportaba rebasó los límites del penal miré a la derecha y no encontré ningún edificio, sólo la imagen de la muerte: un solar vacío habitado por escombros y matorrales. En cambio, ella seguía diáfana dentro de mí, perfectamente reconocible. Al menos la algarabía de mis amigos me impidió el desencanto aunque esta historia sigue envolviéndome. Armando me prestó los discos de Trenet y la reencontré. Busqué vestidos y pamelas como la suya en otras mujeres pero ninguna correspondía a su verdad.  Es cierto que en la cárcel sufrí de delirios y la humedad me atacó pero también coincidieron estos momentos de enfermedad y desasosiego total con la presencia más rotunda de la mujer que mimaba sus macetas con cipreses enanos. Cuanto peor estaba más cerca la sentía.
No sé porque el ambiente suntuoso pero decadente de Niza me la ha vuelto a traer de regreso. Su evidencia me produce punzadas dentro del pecho, me contrae el corazón en espasmos y me imagino llevándola a Corfú conmigo. Mostrándole los atardeceres de la isla, los acantilados imponentes bajo los brillos azulados, brindando con ouzo y disfrutando los quesos ancestrales y las berenjenas violetas y rotundas. De algún modo ya estoy gozando con la anticipación del viaje: juntos en el avión, atravesando el mar hasta la isla a bordo del ferry mientras escuchamos sobre la cubierta la ronquera cadenciosa de Trenet.
No puedo evitar preguntarme, cómo lo llevo haciendo todo este año, inevitablemente y a instancias de Meredith quién no estará en Corfú esta vez, cuál de nosotros habrá m
u
e
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Cuentos breves
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En otro tiempo dentro del mismo mundo
La canción que con versos triunfantes describía a la reina de Babilonia fue otro motivo más para admirarlo. Primero la compuso con la guitarra acústica y después le añadió energía con el teclado.
Tantos años después, aún busco la delicadeza necesaria para acercarme a su madre y bajo las agujas vegetales verde botella, sombras alargadas, que cada día atraviesa, decirle que el treinta no fue el último cumpleaños de su hijo, que el compositor de canciones mitológicas acaba de celebrar, en los jardines colgantes de un palacio fastuoso, el número cuarenta y cinco.
Contarle también que aprendió a tocar un laúd sirio, el pantur o pandura, y que está feliz allí porque sonríe y le sonríen mucho, que no hay interrupciones abruptas, naufragios, vidas sesgadas ni segadas, sino saltos en el tiempo.
Cuando en el local de ensayo le compuso aquella canción a la reina Semíramis nunca imaginó que ella llegaría a escucharla.

El amigo de toda la vía
El entorno de la Vía verde de Ojos Negros es un bosque animado; no sólo por la irrupción sorprendente de garzas y zorros, perfiles de forja a contraluz, sino porque a los viandantes nos une una suerte de simpatía telúrica.
Mientras yo fotografiaba vestigios del tiempo mineral, nombres incompletos de estaciones; resolvía los rótulos convertidos en crucigramas por la falta de letras, tú surcabas el antiguo trazado ferroviario sobre tu bicicleta de titanio, envuelto por el exoesqueleto del maillot y la cazadora de tejido tecnológico.
Pronto me guiaste en las conversaciones frondosas de forma nada agreste. Aunque hablamos muchísimo, en tantas horas sólo una vez utilizaste una expresión incorrecta: fue cuando te presentaste como “maestro jubilado”.
Engarzamos la receta de las nueces caramelizadas a Liszt, el recuento hedonista de los viajes al descubrimiento de la forma helicoidal del corazón.
A ambos nos ha enseñado la vía que se puede encontrar un tesoro a la salida de cualquier túnel.

Escamas
Me precipité contra la pared empapelada donde colgaba la agenda. Una excentricidad no demasiado exclusiva que permanecía allí desde que a mi abuela le instalaron el teléfono. Éste era el motivo por el que siempre debía saltarme la primera página, en ella estaban todos muertos pero nadie se atrevía a tacharlos.
Enseguida encontré el número al que llamar en caso de avistamiento de una sirena y a punto de completar la serie de cifras me detuve: volví a la bañera y le di la oportunidad de que decidiera ella misma sobre su vida. Al fin y al cabo teníamos todo el tiempo del mundo.

Firmas
Rosario Raro
Página del autor    Página del autor
Escritora española (Segorbe, 1971). Licenciada en filología hispánica y cursó estudios de doctorado en Comunicación Empresarial en la Universitat Jaume I (UJI) de Castellón. También estudió en laUniversidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM) y en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), en Lima, ciudad donde vivió y escribió durante casi una década. Entre otros, ha ganado los premios literarios Ciudad de Huelva, el Cruzando Culturas de Mérida, el Premio Max Aub, el premio de Microrrelatos de Ràdio-9-Argot y el premio Aranda Igualdad, así como el Magda Portal del Ministerio de la Mujer de Perú. En 2009 fue una de las dos españolas seleccionadas por laUniversidad Nacional Autónoma de México (Unam) de México y la editorial Alfaguara para participar en el Virtuality Literario Caza de Letras. Desde 1994 está especializada en la docencia de técnicas de escritura creativa. En 2002 asistió al Taller de Literatura impartido por Mario Vargas Llosa en la Universidad Rey Juan Carlos de Aranjuez, Madrid. Dirige el Taller de Escritura de la UJI desde 2004, actividad simultánea con su trabajo en proyectos de expansión de las nuevas tecnologías dentro del programa de Extensión Universitaria de esa casa de estudios. Textos suyos han sido publicados en las revistas digitales Vagamundos Moleskin, Axxón, The Barcelona Review y Realidad Literal, entre otras. Es autora de los libros Carretera de la Boca do Inferno (Huelva, 2002), Perder el juicio (Fundación Max Aub, Segorbe, 2003), El ojo (Premio Juvenil “Cruzando culturas”; Diputación de Badajoz, 2003), A través de la piel (V Concurso Latinoamericano de Cuento “Magda Portal”, Lima;Ediciones Flora Tristán, 2003), Juegos Florales a Cavanilles (Universitat de València, 2005) y Las mujeres cuentan. Las redes (Conselleria de Benestar Social de la Generalitat Valenciana; Valencia, 2005).
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Paca Sapena. PUERTAS CON VIVENCIAS

DÍA DEL LIBRO

Llevaba días pensando en cómo hacer la entrada  para el día de hoy "El Día del Libro" y además de que tuviese relación con dicha celebración también la tuviese con mi blog. Lo primero que me venía en mente era mi amiga Rosario Raro, ya que es escritora y también porque hoy su hijo cumple 5 años (Qué casualidad más bonita para una escritora, dar a luz el día del libro)
 Como os decía, no hacía más que pensar en ello, y de repente me acordé de unas fotos que tomé justamente por estas fechas ahora hace dos años, cuando me encontraba realizando un curso en la Universidad Popular de Logroño.
Debido a una iniciativa de la popular revista riojana "Piedra de Rayo" para conmemorar su décimo aniversario, se nos pidió a todos los alumnos que llevásemos libros, la idea era organizar un mercadillo para venderlos y el dinero que se sacase de su venta utilizarla para ayudar al pueblo saharagui, y también poder mandarles libros a los campamentos de refugiados de ese país. Los libros los íbamos depositando en la planta baja de dicho edificio, y cada día que iba el montón era cada vez más grande, hasta que un día llegué y me encontré con esta grata sorpresa.


 Con todos los libros habían construido este "Chozo o Guardaviñas" Los artífices de dicha construcción habían sido, el cantero Xose Álvarez  y el técnico de Desarrollo Ramiro Palacios, el primero dijo que tuvo mucha más dificultad colocando los libros, ya que se deslizaban más que cuando se pone una piedra sobre otra, el segundo destacó que esta obra de arte "concita la idea del chozo como refugio y el lenguaje como casa que todos habitamos" Asimismo, la referencia a la memoria también está presente, plasmada en una construcción.


 Después de una semana de duro trabajo completaron la tarea de crear esta obra que imitaba a los refugios de agricultores y pastores, los chozos o guardaviñas son construcciones tradicionales del pasado riojano y de otros puntos del nuestro país, está construido en una sola planta y en muchas ocasiones están realizados con piedra seca sin argamasa, es decir piedra sobre piedra.



Los chozos o guardaviñas son construcciones tradicionales del pasado riojano y de otros puntos del nuestro país. Como conocía la existencia de este chozo entre las inmediaciones de Entrena y Navarrete un día me fui caminando hasta allí para fotografiarlo y poderos mostrar un verdadero chozo hecho con piedra y argamasa.

Pero todavía continuaba pensando en Rosario, ya que mi idea era pedirle que me escribiese un relato que tuviese relación con el guardaviñas. Casualmente justo a los dos días de haber hecho esta foto, abrí el buzón de casa y me encuentré con un sobre dentro y en él un libro de relatos escrito por Rosario y además titulado "La llave de Medusa"cuando leí el título pensé: llave, cerradura, puertas, mi blog. En su interior una dedicatoria que dice: Paca, estás en muchas páginas de este libro, por eso ya era tuyo antes de que lo tuvieras entre tus manos. Apareces en las de Lima pero sales (o verás) que especialmente en la página 91-92
Gracias por ser mi amiga
Rosario
Cuando abrí el libro, fuí directamente a la página 91 allí estaba el relato que ella escribió dedicado a mi perro Mendi, me emocioné mucho y tengo que reconocer que se me saltaron las lágrimas. 

En ese momento pensé que ya no hacía falta pedirle que me escribiese un relato, ya que con el libro ya tenía suficiente material para hablaros en el día de hoy

Pero aquí no acaba todo, justo a la semana siguiente cuando abro el correo me encuentro un mensaje de ella en el que me dice: El próximo viernes voy a estar en Pamplona, se me ha ocurrido coger el autobús y encontrarnos en Logroño a las 2:30 para comer.
 No os podéis imaginar la alegría que me dio, después de 11 años por fin nos íbamos a volver a ver. Y aunque no fue en Logroño, si no en Estella al final nos volvimos a encontrar, tengo que deciros que debido a que durante todo este tiempo hemos estado en contacto por teléfono y por Internet, tuve la sensación de que no hacía nada que nos habíamos visto. Estuvimos recordando nuestras vivencias y anécdotas en Lima, cuando nos despedimos y ya casi montándonos cada una en nuestro autobús, ella con destino a Pamplona, y yo con destino a Logroño, le pedí que me escribiese un relato que tuviese que ver con los guardaviñas. Y esa misma noche antes de irme a la cama, volví a abrir el ordenador y allí me encontré el siguiente relato.
EL GUARDAVIÑAS
Tiene forma de iglú pero no es de hielo y termina en una cúpula aunque no es religioso. ¿Qué es?
Solución: (el guardaviñas)

Hubo una vez un guarda en el interior de una construcción de estas, que mientras vigilaba las cosechas leyó muchos libros: en castellano, en euskera e incluso algunos en francés, de los que trajeron los negotians.
Llegó un momento en que ya no le cabían más en su mente, y los que estaban, estaban tan apretujados que entre todos planearon escaparse. Así lo hicieron una noche mientras dormía, pero no se fueron muy lejos porque el paisaje les gustaba, decidieron quedarse lo más cerca posible, pegados a las paredes y sobre el tejado.

Interior del chozo o guardaviñas
Una mañana, mientras el guarda se desperezaba frente a la construcción, cuando se dio la vuelta para entrar a lavarse la cara con el agua almacenada en el nevero, los vio allí, mudos, disimulando todo lo que sabían, como si no fueran ellos los que le habían contado tantas cosas. Sonrió al saberse tan bien rodeado.
Cuando pasaban por allí los otros guardas de campo le preguntaban si la lluvia no se los estropeaba y el respondía que no, porque eran de ficción.

Rosario Raro





Antologías editadas con los textos de los alumnos de nuestros cursos de escritura creativa.






Presentación de Los Intachables y Les llengües vespertines







ELOGIO DE LA SENCILLEZ
Rosario Raro


"En un mal taller, el profesor permite e incluso fomenta el ataque. Lo normal en las clases es que cada alumno lea un relato propio, y que después los demás alumnos y el profesor lo comenten.
En un buen taller, el profesor procura crear un ambiente de benevolencia y evitar que haya competitividad y agresividad "
(John Gardner)


"Si tienes talento, no lo uses para llegar más lejos, úsalo para llegar más acompañado"
(Alejandro Aravena)


Si los profesores de un curso de escritura creativa dicen que las buenas historias se escriben solas tal afirmación puede interpretarse cómo una manera de eximirse de sus responsabilidades pero siempre queda la coartada de invocar para ello a los grandes. Por ejemplo, al poeta que pedía que no se tocara la rosa y, transmitirlo a quienes a estos laboratorios literarios se acercan. Actuar en suma, como puente, conectar sensibilidades a la vez que se impide que aparezcan añadidos innecesarios porque se trata de separar "la esencia" de sus contingencias, de todo aquello que nada aporta al resultado de estos ingenios o artefactos que aunque parece que parten de la imaginación es una especie de obsesión la que decide que vale la pena escribirlos.
Así decía Juan Ramón Jiménez en el micropoema -diríamos ahora en esta época en que se ensalza la brevedad-.


Ver su espacio en la página, que comienza y acaba en tono exclamativo y, exhortativo a la vez, da idea del lugar central que esa reflexión del poeta y, advertencia al mismo tiempo para quienes en el proceso creativo se hallan, ocupa no solo en este libro sino en toda su obra. El mandato puede interpretarse como "Sé breve y sencillo".
Horacio en el siglo I a. de C. en su Oda I, 38 expresaba su desagrado ante el "boato persa", "las guirnaldas trenzadas sobre corteza de tilo" muy en consonancia con la travesía de Juan Ramón desde la piedra hasta el cielo durante la primera mitad del siglo XX.



Por tanto, la clave es intentar no aportar apenas, morderse la lengua, medir las palabras, y eliminar mucho: ornamentos, circumloquios, ambages, retruécanos, digresiones, liposuccionar los textos, tallarlos para que muestren sus formas, para que sean aprehensibles, transmitan y no confundan.
La retórica debe conseguir el giro hacia la naturalidad, no hacia el artificio, orientarse a que las letras, las líneas palpiten y que no se lean como inscripciones en piedra, petroglifos, o peor, como epitafios.
Al lector se le debe agradecer la generosidad que supone su acercamiento de la manera más honesta, contagiándole vida a través de sus ojos, conectando su mente con la nuestra, creando identidades.
Si se completa con éxito todo el proceso, el corazón de quien recorre el texto se activa bajo las riendas del autor, por tanto, nuestra es la decisión de conducirlo a un destino mejor del que se espera.

Como lector, al autor le resulta fácil enumerar libros que le han conmovido, en los que se ha alojado y ha compartido las cuitas y devenires de quienes en ellos ya le esperaban: La pell freda de Albert Sánchez Piñol, el libro del que emerge Batís Caffó o Camí de Sirga de Jesús Moncada también novela sumergida, y numerosos poemas de Estellés, por ejemplo, Arbres de pols o Árboles de polvo. En él, el escenario es real, y lamentablemente también lo es la mujer que visita a un preso. Sucedió así tantas veces, que el poema se convierte en un suceso atemporal: era entonces Valencia y tal vez en este momento sea Siria, -por donde también fluye el Éufrates-. Es posible que cuando salgan estas líneas de la imprenta aún queda alguien allí para contarlo.
Muchas veces sucede que descubrimos que ya ha dicho alguien lo que queríamos decir. Este es un sentimiento aún sin nombre. Por una parte, nos alegramos por la sintonía, por la certeza de transitar "el buen camino", pero a la vez nos sentimos saqueados, ultrajados porque se nos ha sustraido algo íntimo. La explicación la encuentra el autor si sale de sí mismo, mira alrededor y comprueba lo mucho que comparte con quien se le anticipó.

Uno de los temas que obviamente más preocupa a quienes escriben es qué hacer después con sus resultados. Es una cuestión capital porque no solo afecta a la producción de un escritor hasta la fecha que se lo plantea sino también a la posterior, a la que en ese momento aún está por venir. Si no se publican los textos, primero el autor siente que escribe para muy pocas personas y después, para sí mismo. Esto tiene implicaciones a todos los niveles: el tono se vuelve confesional, son textos de un cariz más autobiográfico y menos literarios, en el sentido de que no somos Marco Polo -que ahora dicen que nunca estuvo en China- ni Cristóbal Colón, por lo tanto, si quien escribe no cuenta sino que se cuenta, habla solamente de sí mismo, puede cometer la falta de ser redundante y el delito de aburrir.
Para evitar ese abismo que además ahonda en la introspección, los mejores textos de estos cursos de escritura se publican en este libro, además otros se envían a revistas literarias, a concursos, premios, a otras convocatorias y a editoriales. En suma, se airean para que la conciencia que les otorga saber que serán leídos los conforme desde el mismo momento de su producción.
En estos cursos, cada uno cuenta sus experiencias, si ya tiene algún libro en la calle, en otras casas, en bibliotecas o incluso en librerías, o si por el contrario, publicó algún título pero su obra duerme el sueño de los justos en un almacén institucional.
Y retomo el tema del principio, escribir con sencillez es pensar con precisión, no divagar, mostrar con nitidez a quien se acerca a nuestros textos lo que queremos transmitir. Evitar lo superfluo, lo que nada añade, sintetizar, quedarse con lo que realmente importa, exactamente igual que en la vida. De esta forma, los profesores de escritura creativa podemos aconsejar y orientar pero nunca imponer, ni un estilo ni una manera de hacer las cosas.

Richard Bach decía que "un escritor profesional es un amateur que no se rinde" palabras muy cercanas a las de Ray Bradbury "fracasar es rendirse".
Así que persistamos, escribamos, como se dice, tanto como El Tostado, o el Abulense, Alonso Fernández de Madrigal, natural de Madrigal de las Altas Torres, a quien se refiere la expresión "escribir más que el tostado" por su ingente obra escrita durante los primeros 30 años del siglo XVI, sin ordenador, Internet y por tanto, sin Google ni Wikipedia, recursos que tanto nos facilitan en este tiempo nuestra labor.
Laurence Sterne dice sobre él en el capítulo II del libro VI de Tristram Shandy "casi en brazos de su nodriza, aprendió todas las ciencias y artes liberales sin que le enseñaran ninguna de ellas". Como parece cuento podría aportarse a esta historia, ya que la literaria, más que pulsión es compulsión, que el viejo Alonso escribe hasta en su sepulcro, en postura sedente porque falleció mientras redactaba un tratado teológico sobre la inmortalidad.
Aquí termino para que también en sus palabras sea este un breviloquio.
Gracias a los autores por la pasión ordenada y a los lectores por otorgarnos sentido.
Fisterra, 10 de abril de 2012.






PRÓLOGO
Mirar almas a través de un telescopio

1. Los Excelentes
La escritura es un sistema de posicionamiento global, un GPS, una manera de estar en el mundo que describe a los que escriben una trayectoria determinada. Mediante la recepción de varias señales casi siempre relacionadas con el entusiasmo, el asombro e incluso la conmoción, éstas triangulan para orientar al explorador en la navegación: así recorre desde el origen todo el itinerario que conduce a través de la latitud emoción hasta una isla, algunas dunas o el glaciar donde cobra forma el territorio imaginado. Con la llegada constata que el mapamundi sólo figurado le esperaba en un lugar de fácil acceso, nada intrincado ni lejano como antes de iniciar el viaje se presumía. 
Unir A con B sin extraviarse entre la floresta, ni perder el aliento en el buceo de lagos es posible, bajo la luz de la técnica, el auxilio de ciertos rudimentos, el tesón, la perseverancia, los consejos de los instructores y sobre todo, si se cuenta con unas láminas perfectamente cuadriculadas, pautadas que conviertan en alcanzable cualquier meta.
Este libro encuaderna exactamente 135 cartas náuticas, unas costeras, otras de arrumbamiento, portulanas, que muestran donde recalar o generales. Son a la vez los memorandums, resguardos o reportajes que resultaron de cada travesía.
A los participantes o descubridores se les otorgó dieciséis mapas con los siguientes títulos: Olga, Mickey Mouse pintado por Zuloaga, Halloween, Dragones, After hours, “El arrebatamiento no sabe de espacios”, Tiempo amarillo, Ruinas modernas, Play, Love o Play love, Haití, Chat, Tardigotchi, Moscú, Cine y Ecologismos para que los escalaran en su doble sentido, es decir, que los interpretaran a escala, pero también para que recorrieran su geografía con la ayuda de escaleras y escalímetros y una vez culminada la ascensión, contaran qué veían desde allí. 
Cada tablero contenía unas instrucciones y un interruptor, recorrer su paisaje ponía en marcha el circuito, iniciaba su funcionamiento, el sistema comenzaba a girar desde esos inputs o conjuntos de datos que suponían los puntos de arranque de la escritura. En torno a ellos se generaban campos de estupefacción, siempre preferible a la indiferencia. 
Colocado el atlas bajo el flexo o junto al teclado, cada expedicionario decidió cuáles reproducir, su grado de minuciosidad, la nitidez, la necesidad de incluir toponimia para presentarlo después ante unos lectores con más cabezas que siete hidras, con juicios irredimibles, implacables, certeros porque en la memoria de su estirpe guardaban miles de pliegos con los que mirar al trasluz cada nueva hoja recién creada. 
Si alguno de estos viviseccionadores era atrapado por el aspecto general, la ausencia de máculas ortográficas, un título como una trampilla o simulada puerta de acceso, una primera frase deslizada hacia la intriga, el tono mantenido, tenso y terso y un desenlace contundente, natural, propio, no postizo, se adentraba después hasta recorrerlo completamente por sus simas helicoidales que lo mecían salvaguardado, al menos esos instantes, de la cotidianidad.
La página con el encabezamiento, las consignas, sugerencias o guiños se entregaba semanalmente y las noticias recibidas en la base se colgaban o tendían en el recodo de una bahía electrónica, la página web Pliegos volantes. Desde esa altura era posible avizorarlos mientras otros navegaban o recorrían la tierra.
Los textos aún en el laboratorio cibernético donde se exhibían para su corrección continua fueron avistados desde tres de los cinco continentes: se registraron visitas de toda Sudamérica, Estados Unidos, muchos países de Europa e incluso Filipinas. En el diario de a bordo, en una anotación del quince de abril de 2010, ya se deja constancia de que se sobrepasaban con creces los 20.000 navegantes -más que leguas submarinas escribió Verne- que surcaron desde todas estas posiciones estos relatos. Surfearon sobre las líneas encrespadas, saltaron desde los rompeolas y nadaron en una superpoblada soledad.
Las gavetas, los cofres, los compartimentos navieros de los escritorios se convirtieron en tanques transparentes. Nada se guardaba, todo se aireaba, se oxigenaba. Era posible acercarse al acuario que los resguardaba desde cualquier lugar.
La primera propuesta versó sobre Olga Galicia Poliakoff, la original dueña de un pub en el barrio de El Carmen de Valencia decorado de forma tan extravagante como ella. Una noche dijo con una estudiada y displicente distancia que fue bailarina del Bolshoi y que también actuó en la ópera de Pequín, Pekín o Beijing. Nadie la creyó. Yo admiré su capacidad fabuladora hasta que una fotografía de Luis Montolio me la mostró vestida de certeza. Era absolutamente novelesca, con ella la tentación de irrealidad, de ficcionalizarla era muy grande. A sabiendas además de que siempre se quiso personaje. Ahora escribo sobre ella y una cartografía de la ternura se traza instantáneamente ante mí al evocarla. 
Mi papel al respecto fue el de mera transmisora, les hablé de ella a los buscadores de historias para asegurarme de que la estirpe de los incurables, de los que se desazonan con lo que aún es futuro no se extinguiera. 
El fotógrafo supo de nuestros desvelos, sonrió, tomó los textos que resultaron y montó una exposición en la Calle Caballeros de la misma ciudad, junto a la antigua muralla, en el Palacio de los Marqueses de Malferit y hasta allí volaron nuestra palabras que revivieron el onirismo kitsch de Olga y su leit motiv: no rebobinar nunca, vivir siempre en un más allá temporal, en una vanguardia aún muy lejana. Cuando los artistas desmantelen la sala de ese nuevo espacio, de El Punto, para mudar a otro temporalmente su obra, Olga reaparecerá en el momento del desmontaje, lo guardará todo en su maleta mientras las terrazas, con sus jardines encapsulados almacenen en sus trasteros la memoria de los naranjos y de ella misma. Porque “él que no baila ignora lo inmediato” escribió Max Aub en un canto gnóstico, y ella lo sabía.

Tal vez de antemano se ignore qué es un Tardigotchi e incluso que este artilugio, en apariencia un gadget o dispositivo electrónico más, está habitado por un tardígrado, un oso de agua, bautizado con su otro nombre científico que significa “paso lento”. Es capaz de sobrevivir a extremas condiciones ambientales e incluso al vacío espacial. Hay constancia de sus paseos siderales, de ida y vuelta, sobre la cubierta de algunos cohetes.
En la otra dimensión, logró revertir su animación suspendida por obra y gracia de unas gotas de agua derramada casi siempre accidentalmente y que a veces siglos después le restauraban a través de la hidratación, la vida. 
Su existencia garantiza que, aunque mudo, siempre quedará un testigo del paso de la raza humana por el planeta. 
Conocimos este prodigio a través de una noticia que destacaba la confluencia entre biología y vida virtual. Entre las aficiones del ser vivo se leía que la mascota prefería Facebook a las otras redes sociales.
Era imposible no escribir sobre semejante fenómeno o resistirse a recrear sus avatares y andanzas a través de tanto océano espacio-temporal. 

Con motivo de la inauguración de una muestra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, los medios enfocaron uno de los cuadros que la componían, era de Ignacio Zuloaga, un retrato ecuestre de cierta duquesa contemporánea cuando aún no alcanzaba los diez años de grandeza española. 
La acompañaba en el lienzo el ratón Mickey. Esta presencia posmoderna convertía la lámina en un pastiche, un collage a caballo entre varios estilos que lo mostraban como un adhesivo, una calcomanía pegada con un pésimo gusto sobre una pintura en exceso academicista. Aunque también se planteó su contrario, como en toda buena argumentación, que todo aquel despliegue floral, paisajístico fuera en realidad el background crecido por descuido a la espalda de la sonrisa más famosa de América, que gesticulaba sin saber que tras él, una aristócrata lo observaba desde la altanería innata de sus títulos y privilegios. Ése era a grandes rasgos, apenas bosquejado, el contenido o borrador del tercer plano.

Con noviembre, mientras las tradiciones vernáculas hibernaban, nos alienó Halloween cuando una breve nota en el portal Menéame volvió a sacudirnos. En una urbanización de Los Ángeles, California, el cadáver en el balcón de un vecino se confundió con la decoración. Se comentó como ejemplo de estética macabra radical porque al figurante no le faltaba ni siquiera el habitual disparo en el ojo. Y con estos datos reconstruimos el caso.
Para aliviar su abandono, le compusimos cadáveres exquisitos que lo asistieron, algunos un tanto descuartizados pero en cualquier caso inmarcesibles porque eran de papel. 

A partir de la frase: “El arrebatamiento no sabe de espacios” sin más aclaración ni añadido brotaron el mismo número de interpretaciones airadas y malhumoradas que enamoradas. Algunos de los mejores textos de esta antología forman parte de esa galaxia. Los que conectaron su emotividad a través de píxeles y código binario en chats, redes sociales et alii. El lema en este caso surgió de una constatación: que las citas presenciales son difíciles y que por tanto las de la modalidad a ciegas ya caían dentro de la consideración malabar. 
A partir del análisis de esta costumbre del segundo milenio se discutió sobre su oportunidad, cordialidad, la posibilidad del desengaño, la pregnancia y almacenaje de esa vivencia, el factor nocturnidad, la variable suerte, su aplicación balsámica de ámbito global, los recurridos y socorridos despistes y excusas. Y se añadió como vuelta de tuerca la necesidad de que apareciera la siguiente premisa: "La ficción debe ser verosímil, la realidad no". Tomada de la película The International de 2009 dirigida por Tom Tykwer. 
Se trataba de dilucidar si el IRC o cualquier entorno de conversación simultánea similar abducían, inducían a la fatiga crónica, conducían al malentendido inevitable o por el contrario, eran un tránsito hacia la gloria aunque ésta fuera muy momentánea. 

Desde la Revista Digital de lo breve y lo fantástico miNatura llegó la siguiente propuesta: escribir sobre dragones. Surgieron más de treinta semblanzas. Sobre sus lomos interminables visitamos a Ness, recordamos la serie Dragon Ball, sentimos alientos inflamados en la nuca, recorrimos varias culturas, analizamos leyendas y les asociamos todo tipo de simbolismos, algunos muy propios de este siglo, los encerramos en botellas de sake y nos concedieron algunos deseos.

Una noche descubrimos en nuestro cuaderno de clase que alguien nos leía desde Moscú y comenzamos a fabular en torno a la identidad de esa persona, un punto rojo en la Federación rusa, imaginamos cómo era su casa, su soledad o compañía, su nacionalidad, la causa de que conociera nuestro idioma, su aspecto físico, sus inquietudes, lecturas (otras), aficiones, el bosque de las afueras que rodeaba su Dacha o la bruma sobre la que se erguía su edificio posestaliniano. Un lector entre quince millones de habitantes. Inevitablemente aparecieron espías, dolor, el doctor Zhivago, la dignidad de quienes sólo quieren sobrevivir, la poesía de Anna Ajmatova y de Tsvetáieva y durante una semana L'Atelier roulant se trasladó imaginariamente allí.

También extendimos sobre la mesa el croquis de varias ruinas modernas, de los numerosos esqueletos que abandonaron en su huida las constructoras. Cementerios de hormigón frente a la costa sepultada, escombros faraónicos de delirios megalomaníacos. 
Confeccionamos un álbum de postales desoladas, un catálogo muy romántico de sueños truncados. Tuvo gran resonancia, proporcional al silencio instalado en las obras, donde los grillos metálicos de las grúas fueron sustituidos por sus correlatos animados. Recorrimos urbanizaciones fantasma que nunca se habitaron y que ahora frente al mar lo interrogan enmoquetadas de polvo y maleza.
A fuerza de tantas plegarias para que se detuvieran las obras, sus chirridos se pararon, seco el jabón de la pompa.

Tratamos de explorar la idea según la cual la cirugía plástica es una de las bellas artes aunque a veces produzca monstruos. Frecuentamos psicódromos de matinée, after hours donde bailar con zombis que comían como astronáutas.
La editorial Hipálage nos publicó en el libro Cuentos alígeros algunos de los textos con los que respondimos a su consignas: brevedad y alegría. 
Y con otro relato se celebró una exposición en Castellón con el título de Desnudas inmortales que constituyó un homenaje a tantas musas que callaron porque estaban como ausentes.
Los textos más desgarrados surgieron de la confirmación de que Haití duele. Para la isla rota, partida, elaboramos un recetario creole contra el olvido. 

En el otro extremo, nos pasmamos al saber que Kalashnikov fue condecorado como héroe por su obra, su homónimo fusil de asalto. Brotó el pacifismo, los textos que reflejaron el estupor ante cualquier guerra, esa costumbre inveterada y anacrónica.
Y pensamos en los árboles, metamorfoseados a veces en papel, otras en fuego. Vigilantes de que se espesara la flora de nuestras dieciséis rutas que a ratos valorábamos tendidos en hamacas a la espera de otro verano. Hasta nos acercamos a un festival de cine. 
Tal vez nuestro siguiente proyecto sea dotar de tradición literaria autóctona y por tanto apócrifa a las islas Columbretes o escribir solamente tautogramas.
La selección de estos textos fue ardua, resultaron de una criba votada democráticamente. Junto a Los excelentes existen Los excedentes, su reverso inacabado, el reflejo incompleto porque los primeros son seres vivos, lugares acuáticos, salvajes con cierto interés y atractivo turístico y los segundos permanecen aún en el semillero desde donde seguirán creciendo, necesitarán que se les deshoje en algunos casos, que se trasplanten sus raíces, más sol o solamente más tiempo. Pero lo importante es que ya existen. Y que algún día también adquirirán la propiedad medicinal de conmovernos, recrearnos o sugerirnos otras maneras de hacer las cosas.

2. Los excelentes guías
Para todo esto contamos con la ayuda inestimable y también impagable de algunos maestros que se asomaron sobre nuestros hombros, recorrieron con sus ojos las líneas de nuestro planisferio, durante sus visitas nos regalaron brújulas, insuflaron ánimos, resolvieron incógnitas calcificadas desde hacía años, nos mostraron galerías y atajos con los que vadear el tedio y asomarnos a otros panoramas. 
Rocío de Juan Romero acudió a la cita literaria desde Valladolid. Trazó desde allí el dibujo de una nueva línea cuando atravesó en tren la península, esta vez real. Mostramos las pruebas de nuestra experiencia compartida: un artículo del Babelia y un archivo de audio del programa El ojo crítico que databan de antes de nuestro encuentro en el Virtuality Caza de letras de la Unam y la editorial Alfaguara donde ella era Blue y yo, Lupercalia.
Nos habló de Pangea y Panthalassa para descubrirnos un archipiélago llamado Cristina, uno de sus memorables relatos.
Nos instó a abandonar cualquier “círculo de confort”, a asumir riesgos creativos y a no perder de vista nunca tres luminosos indicadores: la pasión, la planificación y la perseverancia. 
Olivia Ardey, alemana pero residente casi desde siempre en Valencia, llegó con su novela Dama de tréboles y nos permitió pasar el fin de semana en Indian Creek y Denver, Colorado, bajo el tejado a dos aguas de sus tapas. Habló del ferrocarril como cremallera que cerró toda una época en el far west, con ella mucho más cercano.
Consiguió que nos bailaran los ojos y conmovernos con su arrojo, su tesón, un carácter que atrapa y un humor que regala optimismo. No sabe qué es rendirse, como muestra su frase emblema: “un no son sólo dos letras”. 
Eloy Moreno nos contó en qué consiste el prodigio de vender 2.000 ejemplares de su libro en un tiempo récord. Con El bolígrafo de gel verde vimos cómo se puede ser indie y además disfrutarlo. 
Este libro sin ir más lejos recorre su estela de autoedición, autocorrección, trámites varios autogestionados, autodiseño, autodistribución, en este caso literal y sobre todo, autocoherencia. 
Lo seguimos además en su blog Tercera Opinión donde ejerce el pensamiento libre.
En resumen, de cómo alguien puede alcanzar un sueño si se propone llevar a cabo hasta sus últimas consecuencias una decisión u obsesión. Hacer las cosas es la única dificultad que entrañan, abandonada ya la coartada de la queja.
Él es un ejemplo de que el carácter es la mitad del destino.
José Antonio Palao llegó con Campo vacío, el libro de poemas que le publicó Pre-Textos tras ganar el premio Villa de Cox.
Recordamos cuando nos conocimos a propósito de Matrix. Lo que sabe de cine es descomunal. Hablamos de Blas de Otero y de César Vallejo. Y vimos que la poesía en sus manos posibilita un morphing infinito aunque sostenible. 
Creo que conseguimos llenarle el título. Y él concluyó:
“(...) ayer viví un instante terrible,
de esos tan peregrinos,
en que la vida amenzaba
con tener algún sentido.”
Pasqual Mas, clarividente, inasible a los convencionalismos, señaló el localismo indudable del Quijote o de las películas de Woody Allen y sin embargo, su indiscutible universalidad. Él sabe de cosmopolitismo, de que las artes repelen las fronteras y de que algunos imaginarios reconfortantes se construyen con calidad a salvo de las adscripciones.
Doy fe de que desde 1987 sigue siendo igual de joven con la única diferencia de que ahora posee más libros. Los que no encontró en ningún país decidió escribirlos él mismo.
A Adolf Piquer lo conocí el año siguiente, en 1988 y desde entonces nuestra profesión mutua fue la simpatía. Su producción es ingente y apabullante, he recorrido los nombres de su poesía valenciana, de su fraseología y literatura, he tocado el cielo con Pere Calders e incluso he viajado junto a él hasta un crepúsculo con premio saguntino. Más que un escritor es una industria. 
Su casa la habitan príncipes y princesas y su literatura la necesidad de mostrar que no es prosaico ni mostrenco todo lo que nos rodea y que siempre es posible la cordura que otorga la dignidad.
Lluís Meseguer con su optimismo ilustrado defendió la prescripción médica de la literatura como paliativo a la alergia de estar vivos. Nos dijo que los escritores formamos una sociedad aparte y yo tengo la certeza de que pertenecer a cualquier ámbito donde él esté es una garantía de acierto. Le preocupa por encima de todas las cosas la incapacidad de determinadas personas de conmoverse a pesar de que ante sus ojos tengan algunas de las palabras más bellas jamás escritas. Perderse algo así es vivir a medias.
Antonio Dualde nos enseñó a acercarnos a los espejismos sin que éstos se desintegraran. No nos desveló el truco pero nos dijo que el manual de instrucciones para conseguirlo está en su libro. Practica cualquier arte que utilice la armonía como materia prima y disfruta de su profesión pedagógica y de su familia mientras los escucha cantar o ve pintar.
Ya ha ingresado en los umbrales de otro libro, una novela histórica, que sin duda compartirá con todos nosotros.

3. Los autores excelentes.
Brevemente reseñados porque son infinitos, como toda persona creativa que continuamente se expande, muta porque se renueva y se añade nuevas posibilidades de ser y existir. 
Al final del libro son los propios artífices quienes nos dan algunas pistas autobiográficas.
Marta Aparicio es la realizadora y no sólo del reportaje y las entrevistas a los participantes en este libro y en el taller de escritura de la Uji que nos unió y nos une, sino que ese término también da cuenta de su diligencia, de su capacidad para crear un corto en pocos días y después mostrarlo con su sonrisa que oculta siempre su modestia.
Elina Beltrán Monferrer es jovial personal y profesionalmente. Sabe mucho de la gente, los escucha, los analiza y sin embargo, continúa siendo optimista.
Cristina Cabedo Laborda. Nos hizo sentir que Bélgica, donde vive, está en la puerta de al lado. Aparecía algunos jueves y cuando no era posible porque el frío o su trabajo con las leyes, la retenía en el norte, entonces enviaba bromas y textos.
Vicenta Gallego. Es el sentido común, el saber estar, la prudencia y la sensatez. 
Maribel D'Amato. Cariño desbordante, archivera de anécdotas y casi libre. 
Rosa García Puchol. Es necesaria para que el bienestar se produzca a su alrededor: chispeante, inacabable, optimista, capaz de luchar por todo lo que en esta vida vale la pena. 
José Carlos Grajeda. Tras graduarse con honores ahora poliniza Murcia.
José Ramón Martínez. Ultrasensible, siempre a punto para tomar el pulso y detenerse ante los detalles. 
Diego Navarro Ubé. Trabaja con la realidad que a veces no se trasmite o mejor trabaja para que la realidad lo siga siendo. En sus relatos la corrige, lima lo que no le gustó. Ajusta cuentas.
Mar Olmedo es siempre la primera, escribe con una rapidez pasmosa, escucha y disfruta porque tiene un sentido del humor que contagia carcajadas.
Pedro Paradís diseña páginas web, admira a Borges y no entiende por qué a estas alturas algunas personas son abocadas a la calle; de su estupefacción, de su negativa a entender nace su trabajo y su novela en proceso. Para mí Zacarías, su protagonista, ya es uno de los nuestros.
Laura Roullier. Como dice un personaje de la película Mrs. Henderson presenta de Stephen Frears, «el talento lo puede tener cualquiera». En este caso lo tiene ella y una técnica que consigue siempre el impacto.
Kaye Saunders me descubrió los Limericks, Luimneach en irlandés, un tipo de poema humorístico, de métrica específica y rima iguales que ella. Adora Escocia, otro de los países que lleva pegados al alma. Nació en Southampton, aunque considera que su ciudad de verdad es Winchester, justo en el sur de Inglaterra, el lugar que inspiró los cuentos de Thomas Hardy. Excelente profesora y tintineante persona.
Verónica Segoviano Marinas es imprescindible. Su consejo, sabiduría vital, conocimientos de fútbol y de las triquiñuelas políticas que siembran el descrédito viene de muy lejos. “Desengañada de lo audivisual”, según sus propias palabras, este desencanto fue la suerte magnífica que la trajo hasta nosotros. Ahora, confabulados con los escritores y libreros de esta capital pretendemos que se quede para siempre en estas tierras.
Enric Serra Prades es uno de mis poetas preferidos, la voz que estuvo y estará mientras la raza humana persista. Algunos versos suyos son epitalamio, epitafio y dietario de la manera de entender el mundo en los mínimos en que coincidimos todos porque inevitablemente él es nosotros.
Pura Simón habita la belleza, y siempre encuentra lo que busca, la palabra justa, la forma de ser feliz en destinos imprevistos porque todo lo necesario ya lo trae con ella.
Elena Torrejoncillo pinta porque se ha impuesto la función de convertir en color todo lo que antes de ella era en blanco y negro, siempre mejora cualquier ámbito, con su exquisitez, tiene el don de la equidad, de la ponderación y de saber siempre qué es lo que en verdad importa.
Adela Torres Esplá es un lujo. Energética, arrolladora, hiperactiva, lectora, colecciona historias personales porque sabe que en esas vivencias está nuestro auténtico valor.
Leopoldo Trillo-Figueroa prestidigita con las palabras. No le basta con el tesoro de la lengua e inventa neologismos como quien se expresa en otro idioma, superior, más ajustado y capaz de dar cuenta de una riqueza enorme que él sí conoce y que tal vez nos regale pronto en un diccionario propio y por tanto, inventado.
Isabel Ubé tiene una ventaja que le vuelve la vida más fácil: su ilusión inmarchitable, tenaz, vivificadora que impregna todo lo que comparte: viajes, lecturas y sobre todo afectos.
Dori Valero es ante todo compañera: alerta de las injusticias, de la necesidad de no asumir lo establecido, teoriza para elaborar un discurso en el que algunos clichés se descongelen y den paso a la calidad y la calidez de la convivencia. 

Británicos, guatemaltecos, turolenses, argentinos, de la Plana Baixa, de ascendencia italiana o de Madrid, cuando la única patria es la escritura supranacional, sensible, delicada todo lo demás es secundario.
Desde hace cinco años más de doscientas personas durante algunas tardes han desentrañado los mecanismos internos de la ficción para desensamblarla y volverla a montar sobre las mesas de trabajo del Taller de Escritura de la Uji donde se reparan textos.
A todos ellos que en algún momento se acercaron, nuestro agradecimiento con la convicción de que sólo la verdad de la escritura nos hará libres.
Un escritor siempre está en ciernes, en el principio, al comienzo de su desarrollo y tal vez eso explique que la magia nunca se agote. Los encantos inexpresables de los comienzos como lo enunciaba Molière.
Aunque se repita incesantemente aún asistimos maravillados al proceso, a la metamorfosis a través de la cual una buena idea se transforma en historia.
Éstas son algunas de las nuestras.


TRES MICRO RELATOS

Rosario Raro


1

El error


Sólo brillaba el acero de los cuchillos alineados sobre el mármol de la cocina del restaurante. Precisamente, la tarde que cometí el ERROR también salía de otro restaurante, exactamente de Le Cirque en Lexington Avenue, NY, en la otra parte del mundo. Entonces, dentro de mí, el venado flotaba en una balsa descomunal de Burdeos. Fuera, el sol y mi sopor borraron el camino hacia mi oficina. Tuve que recorrerlo en taxi. Una vez en mi cubículo, me acerqué a los ojos un sobre de color manila que destacaba entre la bruma de mi mesa. Venía de Edimburgo, nada menos, la ciudad que Walter Scott llamaba “La lejana Emperatriz del Norte”. Solté una carcajada estrepitosa. Y recordé a mi padre, quien dejó el oficio de editor por la taxidermia, más apasionante, sin duda, que mi labor: buscar perlas –escasísimas- entre las algas y el tarquín del mar de la mediocridad.
      Sé que pasaré a la historia por el ERROR que cometí aquella tarde, pero no tengo remordimientos. Rowling, la autora, llegó a llamarme días después. Sentí pena una vez más ante el fracaso ajeno. Pero cuando iba a articular las palabras de siempre a modo de disculpa, me dijo que abandonara mi lectura porque los de  Bloomsbury  le acababan de pagar una millonada como anticipo. Me desmayé.
      Desde entonces limpio pescado. Es agradable: primero arranco la cabeza, luego el baile del cuchillo, su pareja perfecta, el filo lo abre en dos pétalos y le saco las tripas y después la ducha bajo el grifo. Todos se han ido ya. Las escamas brillan como el acero de los cuchillos alineados sobre el mármol de la cocina del restaurante.
2

Rafflesia arnoldii


Galerías inundadas de ámbar tamizado desde las cristaleras. El diseño minimalista del edificio en forma de cubo de dos plantas encerraba aquellos días una pestilencia más que repugnante. Los ambientadores rosa chicle la ocultaban a los clientes pero la vaharada crecía. Tres noches rastreando el origen sin éxito en cuanto la megafonía anunciaba el cierre. Las corrientes de aire que llegaban desde el parking subterráneo trasladaban aquel olor nauseabundo de un lugar a otro y complicaban la guerra contra aquel éter inquietante que lo impregnaba todo. Si persistía, las puertas deberían clausurarse en plena campaña de rebajas para fumigar o desratizar o desinsectizar, aún sin saber a qué anteponer el prefijo. Olía a cadáver, a carne putrefacta.
      La clave se anunció desde el escaparate de la librería. La portada ilustrada de un catálogo informaba sobre la Rafflesia arnoldii, una flor originaria de Sumatra. En las páginas interiores había más datos sobre este monstruo vegetal engañoso y enorme cuyos pétalos crecen bajo la tierra, se larvan, antes de volverse visibles en el exterior. Tarda varios años en florecer. Esta era la primera vez. Hasta entonces, sólo era un parásito mudo del castaño de indias plantado en el patio central. Once kilos de hediondez que delataron a un prestigioso decorador de interiores con nulos conocimientos de botánica.

3El porqué de las mantis


El centro de interpretación de la mantis religiosa de Monfragüe concluye, tras casi un cuarto de siglo de investigación, que las hembras de la especie se deshacen de sus efímeros partenaires para evitar que se conviertan en exs o exesen tanto que entes residuales y molestos para la biodiversidad.
      En los humanos, el prolífico aumento de los ex es  una nueva plaga, la mayor parte de las veces inmune a los tratamientos apresurados que se improvisan contra ellos. Antes morían de muerte más o menos natural, la viudedad se alcanzaba plácidamente, sin sobresaltos… pero actualmente producen hondas distorsiones sociales derivadas del goteo malayo de su nombre muy de cuando en cuando pero implacablemente salpicando el alrededor recién inaugurado, los encuentros aparentemente casuales, la llamada ansiosa a Sacamantecas Corporation –que se nutre principalmente deexs o exes que tratan de emular un canon ya inalcanzable por constantes inamovibles– y ridiculeces varias del mismo sesgo.
      Muy pocos de ellos tienen la virtud de la invisibilidad y muchos el defecto de la imbecilidad.
      Cuando alguien de quien cuelga el cadáver de su ex comienza una nueva relación, el ser del más allá temporal revive bajo el electroshock de la nueva presencia y toda su psique se dirige a averiguar los jalones vitales de la persona por la que ha sido sustituido en este proceso imparable e irremediable de selección y renovación.
      El ex inocula en la atmósfera de los nuevos amantes una sustancia tóxica que va calando a través de la epidermis hasta afectar a sus órganos y vísceras, y que transmite toda la información necesaria para que cada miembro de la nueva pareja se convierta en una réplica exacta del ex del otro. Para que la metamorfosis se produzca sólo es necesario que las  larvas que contiene el fluido pernicioso se cultiven en el tiempo.



















CONTACTO: raro@uji.es

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